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Sudán y Argelia sueñan con nueva primavera árabe

Las revoluciones que germinan en Argelia y Sudán comienzan a despertar ilusiones de un “remake” de la “primavera árabe” de 2011. Pero nada indica hasta ahora que esos movimientos populares, por el momento pacíficos, conseguirán hacer prosperar sus reivindicaciones democráticas y doblegar la resistencia de esos regímenes enraizados en el poder desde hace décadas.

Esa prudencia se explica por los resultados decepcionantes que tuvieron las rebeliones que estallaron en el mundo musulmán hace ocho años. Túnez fue el único país que pudo encauzar democráticamente la explosión de cólera que se produjo en 2011 contra el régimen del presidente Zine el-Abidine Ben Alí y que, finalmente, precipitó el derrumbe de un sistema, ficticiamente democrático, que controlaba todos los resortes políticos y económicos del poder.

Las otras revoluciones que se sucedieron como reacción en cadena a partir de ese modelo desembocaron en represiones, guerras civiles y nuevas dictaduras.

El modelo emblemático de esa frustración generalizada fue Siria, donde los reclamos de mayor democracia contra el régimen de Bashar al Asad encendieron la mecha de la mayor guerra civil del siglo XXI, que desató los demonios del yihadismo, exportó el terrorismo al resto del mundo, consagró el repliegue estadounidense de Oriente Medio y permitió que Rusia consolidara su presencia en la región, trastornó el frágil equilibrio geopolítico desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico y dejó un saldo -estimado- de 370 mil muertos, 5.6 millones de refugiados y 6.2 millones de desplazados internos.

Hace ocho años, nadie podría haber imaginado un resultado más diabólico.

La caída de Muamar Gadafi en Libia -resultado de la ambición petrolera de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidosfue el resultado de una improvisación organizada por aprendices de brujo. Después de dejar al país en manos de milicias y pandillas armadas sin fe ni ley, fueron desbordados por grupos yihadistas que aspiraban a convertir Libia en una sucursal del califato creado por el Estado Islámico en Siria e Irak. Por último, se encontraron con un mariscal, Khalifa Haftar, que parece incontrolable. En ocho años Libia no logró avanzar un solo centímetro en la democratización. Peor aun: retrocedió de una dictadura a la guerra civil y -al mismo tiempo- dejó de ser una próspera potencia petrolera para regresar al estado de beduinos tribales que encontró Kadhafi cuando llegó al poder en 1973.

Igualmente decepcionante fue el caso de Egipto. Las esperanzas de democratización tras el derrocamiento de Hosni Mubarak en 2011, fueron ahogadas en sangre dos años después con el golpe militar dirigido por el general Abdel Fattah al- Sissi, que destituyó al presidente elegido Mohamed Morsi, lo envió a la cárcel e implantó un sistema totalitario que perdura.

Yemen, donde se produjo otra de las revoluciones más importantes de 2011, desembocó en una implacable guerra civil que fue utilizada como escenario de una lucha de influencias por las potencias regionales vecinas (Arabia Saudita e Irán).

Esas experiencias operan como un precedente inquietante que incita a los actuales revolucionarios de Argelia y Sudán a actuar con prudencia para no repetir los errores de hace ocho años. “Esto demuestra que en los países árabes subsiste un profundo rechazo de los regímenes autoritarios”, según Tarek Mitri, director del centro de análisis político Issam Fares de la Universidad Americana de Beirut.

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