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Renuncian 9 miembros del gabinete de Theresa May

“No pienso renunciar”, advirtió anoche la primera ministra británica Theresa May después de haber sido empujada hasta el borde del abismo por las dimisiones de nueve miembros de su gabinete. Su situación se agravó debido a una rebelión interna de su partido que, al parecer, permitió alcanzar la mayoría para que los 316 parlamentarios del Partido Conservador se pronuncien sobre una moción de censura contra May condenando el acuerdo de 558 páginas sobre el Brexit, alcanzado el martes con la Unión Europea (UE).

Numerosos analistas afirman que la estabilidad de May pende de un hilo.

La protesta de los miembros de su gobierno incluyó las dimisiones de los ministros Dominic Raab (Brexit), Esther McVey (Trabajo) y el secretario de Estado Shailesh Vara (Irlanda del Norte), así como los subsecretarios Anne-Marie Trevelyan (Educación), Suella Braverman (Brexit), Ranil Jayawardena (Justicia), Anne-Marie Travelyan (asistente del subsecretario de Educación, Damian Hinds), Rehman Chrishti (vicepresidente del Partido Conservador) y Niki Da Costa, asistente Theresa May para Asuntos Legislativos).

Pocas veces en la historia británica, un primer ministro sufrió en público una afrenta política de esa magnitud.

Dominic Raab y los otros renunciantes afirmaron que les resultaba imposible apoyar el compromiso con la UE porque el régimen regulatorio que se impondrá a la provincia británica de Irlanda del Norte (Ulster) “representa una real amenaza a la integridad del Reino Unido”. También argumentan que las condiciones establecidas para la llamada “red de seguridad” o “backstop”, pensada para evitar el retorno de una frontera física entre la República de Irlanda y la provincia británica, en la realidad concederáa la UE “un poder de veto en caso de que nuestro país decida abandonar ese sistema”.

El “backstop” prevé que Irlanda del Norte seguirá alineada comercialmente con numerosas reglas de la UE en sectores como productos alimenticios y bienes de consumo. También establecerá un territorio arancelario común, conservando la totalidad del Reino Unido en la unión aduanera.

La “red de seguridad” fue pensada para que rija hasta que la UE y el Reino Unido lleguen a un acuerdo sobre la futura relación post-Brexit, prevista cómo máximo en dos años más. Pero los brexiters detestan la idea de quedar atados a las reglas aduaneras de la UE durante años e, incluso indefinidamente, como temen los más radicales.

“Ninguna nación democrática aceptó jamás estar sometida a un régimen semejante, impuesto desde el exterior, sin tener ningún control democrático sobre las leyes que deben ser aplicadas, ni la capacidad de decidir cuándo abandonarlo”, escribió Raab en su carta de renuncia.

Otros brexiters de primer orden prefirieron no renunciar y, por el contrario, permanecer en el gabinete para evitar que unas elecciones anticipadas faciliten a la oposición del Labour llegar al gobierno. Uno de ellos es Michael Gove, figura emblemática de la campaña por el Brexit. Partidario de una asociación con la UE al estilo de Noruega, Gove exigiría recomenzar las negociaciones sobre nuevas bases.

Esa opción fue categóricamente rechazada por Bruselas. El texto de salida acordado con Londres “no puede ser reabierto, ni por Westminster (el Parlamento británico) ni por los Estados miembros”, aclaró un alto funcionario europeo: “La UE piensa que se han agotado nuestros márgenes de maniobra”, afirmó. “Quienes exigen cambios tendrán que asumir la responsabilidad de los efectos que ello produzca”, advirtió.

Inmediatamente después de esa ola de renuncias, el diputado tory Jacob Rees-Moog—considerado como uno de los partidarios más duros del Brexit—asumió el liderazgo de la rebelión conservadora contra May. Al menos 16 parlamentarios de su partido ya enviaron al presidente del Comité 1922 sus cartas pidiendo un voto de censura contra la primera ministra. Personalidades importantes de la cúpula conservadora indicaron que “fácilmente se llegará a las 48 misivas” necesarias para que hoy (viernes) se vote la moción de censura en un marco restringido a los parlamentarios tories.

El “complot interno”, similar al que destronó a Margaret Thatcher en 1990, permitiría elegir al sucesor de Theresa May en la “cocina interna” del Partido Conservador. Para evitar el riesgo de hacer votar al Parlamento con el riesgo de sufrir una derrota que obligaría a disolver el Parlamento y convocar a elecciones anticipadas, los rebeldes prefieren encargarse ellos mismos de elegir al nuevo líder partidario.

Rees-Mogg afirma que no tiene intenciones de presentarse. Pero citó los nombres de Boris Johnson, David Davis, Esther McVez y Dominic Raab, miembros eminentes del club de renunciantes del gobierno de Theresa May, todos ultra-brexiters.

Durante un extenuante debate de tres horas en la Cámara de los Comunes, May defendió el texto negociado con Bruselas como una leona: “Es este acuerdo o ningún acuerdo. Quienes se opongan, tendrán que asumir las consecuencias”.

Esa frase fue interpretada como la amenaza implícita de un nuevo referendo, al que—hasta ahora—siempre se había opuesto. Un reciente sondeo de Sky News pronostica que 54% de los británicos votarían actualmente por el “no” al Brexit.

Ironía de la historia, el futuro de May parecía depender hasta ahora de la oposición laborista en el Parlamento. Pero esas esperanzas se desmoronaron cuando el líder del Labour, Jeremy Corbyn, advirtió ayer en la Cámara de los Comunes que su partido “no aceptará la falsa opción entre un mal acuerdo y ningún acuerdo”. Calificando el texto obtenido por May de “inmenso y perjudicial fracaso”, Corbyn concluyó: “Este no es el acuerdo que se le prometió al país”.

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