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Relación con Rusia le estalla a Trump y el escándalo lo obliga a retractarse

La cumbre del lunes en Helsinki reveló que las relaciones entre el presidente estadounidense Donald Trump y el líder ruso Vladimir Putin ingresaron en una fase “extremadamente peligrosa”, según la interpretación “off the record” que formulan la mayoría de las cancillerías europeas. Varios kremlinólogos comienzan a preguntarse incluso si Trump no es rehén de Moscú.

En Bruselas, tanto en el edificio Carlomagno donde funciona la Unión Europea (UE), como en la sede de la Organización del Tratado del Atlántico (OTAN), esas sospechas se incrementaron tras las sorprendentes declaraciones del jefe de la Casa Blanca al término de la cumbre de Helsinki. En una actitud inexplicablemente conciliadora, en la rueda de prensa final Trump avaló la versión de Putin, se rehusó a condenar la interferencia rusa en la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos, y -sobre todo- puso en duda la credibilidad de las investigaciones del FBI y del Departamento de Justicia.

Trump comprendió la gravedad de su error en el vuelo de regreso desde Helsinki, mientras leía a bordo del Air Force One los tuits y despachos de agencias con las reacciones indignadas provocadas por sus declaraciones y su bochornosa actuación en cumbre. Por eso, aun antes de aterrizar en Washington declaró que conservaba una “inmensa confianza” en los servicios de inteligencia norteamericanos.

Pero ese tímido intento de aclaración quedó sumergido bajo el alud de críticas. “El presidente se convirtió en una amenaza para los intereses nacionales de Estados Unidos”, se atrevió a afirmar en un tuit el exdiplomático Martin Indyk.

Ninguno de los 44 presidentes que lo precedieron en el poder en los 242 años de historia de Estados Unidos había sido acusado de “traición”, “capitulación ante el enemigo” o representar una “amenaza para los intereses nacionales” de su país.

En un esfuerzo desesperado por contener esa avalancha -que asestó un rudo golpe a su credibilidad, puede poner en peligro las posibilidades de los republicanos en las elecciones legislativas de noviembre y amenaza su propia reelección en 2020-, Trump se retractó ayer de sus afirmaciones del lunes y proclamó que aceptaba las conclusiones de los servicios de inteligencia sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016. Pero matizó su corrección, diciendo: “Pudieron haber sido otras personas, también. Hay mucha gente por ahí”. Una vez más, en definitiva, evitó condenar la interferencia de Moscú.

“Dije que no veía ninguna razón por la que tuvo que haber sido Rusia, pero debí haber dicho que no había razones para que no lo sea, pero pensé que no sería tan claro con una doble negativa”, explicó Trump a guisa de explicación.

Esa operación de control de daños, destinada a desarmar esa bomba política que amenaza con explotarle en la cara, lo obligó a convocar a una reunión de emergencia con los líderes del Partido Republicano. Ese esfuerzo, según algunos analistas, parece condenado al fracaso porque su actitud en la cumbre de Helsinki sembró profundas dudas en la mente de una gran parte de sus aliados, tanto dentro de Estados Unidos como de Europa.

Su comportamiento dócil y sumiso frente a Putin validó en cierto modo las sospechas de que su relación con la cúpula del Kremlin no era transparente: ¿tiene una deuda con Rusia, está bajo control del servicio de inteligencia FSB (ex KGB) o es rehén de Putin?

Esas dudas existen desde las revelaciones del exagente de inteligencia británico Christopher Steele, formuladas cuando Trump accedió al poder, en enero de 2017.

El jefe de la Casa Blanca desmintió varias veces la existencia de un kompromat, como se llama en el lenguaje del espionaje ruso a los expedientes desbordantes de pruebas comprometedoras: “Si existiera, ya habría salido”, se defendió. El FSB, como antes la KGB, saben por experiencia que el kompromat más eficaz es el que no se publica, pues permite prolongar el chantaje.

Hasta ahora, nadie presentó pruebas irrefutables, pero las carpetas del procurador especial Robert Mueller contienen suficientes evidencias como para autorizarlo a confirmar sus afirmaciones sobre la injerencia rusa, inculpando a 12 oficiales del GRU (servicio de inteligencia militar ruso), a los cuales acusó de conspiración, pirateo informático, robo y otros ocho crímenes contra Estados Unidos. En forma paralela, Mueller investiga la llamada “trama rusa” sobre los vínculos con el Kremlin y los oligarcas del régimen. También se afirma que el exdirector de la CIA, John O. Brennan, posee pruebas “contundentes”.

En las últimas semanas, por lo demás, la prensa estadounidense publicó varias investigaciones -minuciosamente documentadas- exponiendo en detalle las relaciones entre Trump y Rusia desde mucho antes de comenzar su escalada al poder.

Para los europeos, se trata de una cuestión existencial. El comportamiento de Trump en las recientes cumbres del G7 y de la OTAN, así como el torpe trabajo de persuasión que intenta con cada interlocutor europeo para inducirlo a abandonar la UE, son interpretados como esfuerzos destinados a dinamitar la unidad de Europa y su sistema de defensa. Esa estrategia coincide casualmente con los intereses rusos.

Por lo demás, contrastan con la visión estratégica de Estados Unidos, publicada en diciembre pasado con su firma, que describía con precisión la política de división del campo occidental que practica el Kremlin.

El autor de esa reflexión, su segundo consejero de Seguridad Nacional, general H.R. McMaster, delineaba la voluntad rusa de “cortar a Washington de sus aliados” y de “debilitar la unidad transatlántica”.

Un diplomático europeo en Bruselas resumió el conjunto de los temores que existen en la OTAN y en el edificio Carlomagno con una ironía que constituye una sentencia lapidaria: “Donald Trump es un buen presidente, para Rusia. Pero no para Estados Unidos, ni tampoco para el resto del mundo”.

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