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Las carreteras invaden montañas del Tíbet

Tíbet, el techo del mundo, el milenario paraje donde los lamas conversaban con las alturas, sigue deslumbrando, pero, en muchos lugares, excavadoras, autopistas y modernas torres de apartamentos han reemplazado el pastoreo de los yaks y la reposada oración de los monjes.

La construcción china avanza imparable entre las cumbres himaláyicas y ahora es posible recorrer en unas horas trayectos para los que hace poco hacían falta días o cruzarse con un pastor a cuatro mil metros de altura ofuscado en la pantalla de su dispositivo móvil 5G.

Según el Gobierno, este año se ha conseguido erradicar la pobreza extrema, un mal endémico del Tíbet, donde el pastoreo ha sido tradicionalmente la única fuente de ingresos para buena parte de sus habitantes, en su mayoría muy pobres.

Pero también avanza la desertificación: auténticas dunas de arena se observan cada vez más en montañas y ríos por el cambio climático.

Y otro tanto sucede con el predominio del mandarín en las aulas y en las calles.

También llaman la atención los enormes carteles rojos que en todas las autopistas y ciudades agradecen su apoyo al “Partido” y llaman a la unidad, algo que no se veía hace apenas dos años.

CAMBIO POBLACIONAL

La inmensa región del Tíbet, con una superficie seis veces mayor que la que ocupa España y una altitud media de cuatro mil 900 metros, tiene alrededor de 3.5 millones de habitantes.

Según los datos del censo oficial chino de 2010, 90.48 por ciento era de etnia tibetana, 8.17 por ciento han -la mayoritaria en China- y el resto de las 40 minorías étnicas que pueblan la región.

El porcentaje de etnia tibetana ha ido decreciendo en las últimas décadas -95.5 por ciento durante 1990 y 92.8 en el año 2000- mientras que el de etnia han no ha dejado de crecer -3.4 por ciento en 1990 y cinco por ciento en 2000-, y se estima que actualmente pueda estar ya por encima de 10 por ciento.

La presencia de chinos han es cada vez más palpable, sobre todo en las afueras de las ciudades, donde se elevan altas torres residenciales, muchas con viviendas todavía sin habitar.

La ley de unidad étnica, que entró en vigor el pasado 1 de mayo, establece una participación equitativa de los grupos no tibetanos en todos los niveles de la Administración gubernamental.

En los últimos años, las inversiones del Gobierno central en Tíbet han sido colosales, tanto en infraestructuras como en la reducción de la pobreza. Sólo en la construcción de autopistas y carreteras han trabajado 547 mil personas, cerca de un sexto de su población.

Desde 2016, Pekín ha invertido 11 mil 110 millones de dólares en proyectos para mejorar el acceso a la salud, la educación, el agua potable, la vivienda o las infraestructuras de las zonas más abandonadas.

Gracias a esta inversión, 628 mil tibetanos han abandonado el umbral de la pobreza y 266 mil de ellos han sido realojados, según indicó en Lhasa el secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) en Tíbet, Wu Yingjie, a los medios que participaron en un viaje organizado por las autoridades, la única vía de acceso a laregión para los periodistas extranjeros.

Wu asegura que tanto el programa de realojamiento como el de transferencia laboral han sido “totalmente voluntarios”.

El ingreso neto medio anual de la población más pobre ha pasado de 223 dólares en 2015 a mil 388 dólares en 2019, y 173 mil habitantes han accedido al agua potable, de acuerdo con la principal autoridad.

PASTORES SE HACEN HOTELEROS

Ru Sen Yen pastoreaba cabras en una aldea remota del suroeste del Tíbet por encima de los cuatro mil 800 metros de altitud por 1.34 dólares al día.

En la aldea del altiplano donde ha sido realojado, a medio camino entre Lhasa y Shigatse (la segunda ciudad más importante del Tíbet), se acogió a un programa para convertir el piso superior de la vivienda en un pequeño hotel de seis habitaciones, que gestiona con su mujer y la ayuda de una cooperativa local encargada del mantenimiento y limpieza.

“En verano no hay tantos clientes, pero en invierno está lleno de turistas chinos”, dice en el salón de su casa, presidido por un retrato del presidente chino, Xi Jinping.

Dice estar contento con su nueva vida y con los ingresos que le aporta: el 40 por ciento de los 22.3 dólares que cuestan por noche sus habitaciones. El 60 por ciento restante va para la cooperativa.

REUMATISMO EN LAS ALTURAS

Zi Tan Wan Mo, una mujer en la treintena, lleva dos años realojada en la aldea de Cai Qu Tang, construida en 2017 para acoger a campesinos pobres y enfermos bajados de la alta montaña hasta los tres mil metros.

Vivía con su marido y su hija, de cuatro años ahora, por encima de los cinco mil metros, en alturas donde alguien desacostumbrado necesita oxígeno. Apenas se alimentaban con leche y mantequilla de yak.

“Me gusta la vida aquí, todas las condiciones son mejores, la familia puede tener servicios médicos y educación. A veces echo de menos la vida arriba, pero realmente era mucho más dura”, cuenta mientras se quita la máscara que le protege del Covid, aunque en el Tibet no ha se ha registrado ni un solo caso.

En Cai Qu Tang viven realojadas 683 personas, 204 de ellas afectadas de reuma o artritis reumatoide, enfermedades propias de la gran altitud.

La aldea dispone de un pequeño ambulatorio y un balneario termal, donde los enfermos -muchos con dificultades para caminar- pueden mejorar sus dolencias.

“En cada familia hay una o dos personas con reumatismo, el tratamiento alivia el dolor y mejora sus condiciones de vida”, comenta Shi Dan, médico del ambulatorio.

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