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Es tiempo de agua, señala el presidente Enrique Peña Nieto

Miguel Reyes Razo / El Sol de México

Griselda Álvarez Ponce de León recibió conmovida y ansiosa el cuerpo de su pequeña nieta. “Se llamará Mónica, mamá”, le comunicó Miguel su hijo. Maravilló a la abuela la belleza de su nieta. Lo vio alejarse y entonces dijo a la recién nacida: “¡Agua! Dí ¡Agua! La necesitarás toda tu vida, pequeña Mónica. Anda. Dí ¡Agua! Unos días de empeño dieron fruto. La primera palabra que produjo Mónica fue: ¡Agua!

En el despacho que ocupó su padre el presidente Miguel Alemán Valdés el educado, ambicioso escritor, político-empresario, Miguel Alemán Velasco recuerda. “Pues andaba yo en gira política en poblaciones serranas verdaderamente pobres cuando observé que una importante firma productora de dentífricos realizaba una intensa campaña que resaltaba la importancia del cuidado bucal. La protección de los dientes. La compañía sembraba la necesidad. Obsequiaba “muestras” de su pasta de dientes. Y pequeños cepillos. Sus promotores procuraban inducir a los niños al consumo de la pasta de dientes. Observé a una niña que miraba con extrañeza los objetos. “¿No te anima cepillarte los dientes?”, le pregunté. Y aquella niña me partió el corazón cuando me respondió “¿Con qué agua?

Oficial de elevado rango en el Estado Mayor Presidencial el coronel Jorge Rodríguez Carbajo -Jota Roca en su trato militar- narró estremecido. “Andaba yo por el semidesierto de San Luis Potosí. Donde viven los talladores de lechuguilla. Zona muy pobre. Llegué a un caserío. “Pásele”, me dijo una mujer. “¿Quiere un café?”, me invitó. Acepté. Me senté afuera de su jacal. Al rato me asomé y vi que el agua hervía. Ya tenía el color oscuro del café. Casi hervía. “¿Está muy cargado, señora?”, le pregunté. “Todavía no, señor. Nomás que hierva le pongo el café.” Sorprendido le dije: “Es que ya tiene el color…” Y la mujer me dijo: “Así está toda. Es el agua con la que nos bañamos y guardamos para bebernos el café”.

Historias de agua. Don Leandro Rovirosa Wade. Secretario de Recursos Hidráulicos, creador del Plan Texcoco que acabó con las tolvaneras que asfixiaban a los habitantes del entonces Distrito Federal en el régimen de Luis Echeverría- revelaba en 1971: “Más del 40% del agua potable de la Ciudad de México se pierde; se fuga. Tuberías fracturadas, hundidas, inútiles hacen el desperdicio. Y la capital de hunde. Ya el Canal del Desagüe -el que se construyó en tiempo de Porfirio Díaz- quedó muy por encima del nivel de esta ciudad. Esta urbe se hunde cada año 30 centímetros.

“Y se desperdicia el agua de lluvia. Y se extrae agua que es un gusto. Se resecan cuencas. Y valles. ¿Qué fue de Lerma? No entendemos. Tierras agrícolas resquebrajadas. Pobreza. Es hora de que hagamos algo”- observó no ha mucho tiempo el secretario de Comunicaciones y Transportes Gerardo Ruiz Esparza.

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