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Erdogan capitaliza muerte de Khashoggi

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan parece decidido a capitalizar el asesinato del periodista Khamal Khashoggi para buscar dos objetivos estratégicos de crucial importancia para su régimen: Tratar de mejorar sus relaciones con Estados Unidos y aprovechar el desprestigio de Arabia Saudita para posicionarse como líder del bloque sunita en el mundo árabe.

Erdogan insinuó el alcance de sus ambiciones en las explicaciones que formuló ayer en el Parlamento, donde denunció que el “asesinato político” de Khashoggi “no fue algo espontáneo”, sino que se trató de una “operación monstruosamente premeditada”. Pero, contrariamente a lo que se podía esperar, no formuló ninguna revelación espectacular.

Todo lo que dijo oficialmente ayer, su régimen lo había destilado antes –gota a gota– en los 20 días que transcurrieron desde el asesinato del periodista.

El único detalle novedoso, filtrado por los servicios de inteligencia, fue revelar que el asesinato fue teleguiado a través de la red Skype por Saud al Qahtani, un estrecho colaborador del príncipe heredero Mohamed ben Salman, conocido por sus siglas MBS.

“Tráiganme la cabeza de ese perro”, le exigió en un momento Saud al Qahtani al comando de asesinos, según el relato de la prensa turca.

Ese abogado, que ocupaba una posición clave como consejero de comunicación de MBS, figura entre los cincos personajes de alto rango licenciados de sus cargos el pasado fin de semana.

La intervención de Erdogan estuvo sin duda destinada a demostrar que, gracias al gigantesco operativo montado por los servicios de inteligencia turcos dentro del consulado de Arabia Saudita en Estambul, el gobierno conocía hasta los menores detalles del crimen.

A través de los detalles revelados con cuenta gotas a través de la prensa controlada por el régimen en las últimas semanas, no fue difícil comprender que la operación de espionaje incluía desde empleados locales infiltrados hasta cámaras y micrófonos en todas las dependencias del consulado –incluyendo el sótano–, pasando por teléfonos “intervenidos” y hackeo de las antenas del edificio para monitorear todas las comunicaciones.

Con toda evidencia, a Erdogan no le importaba que las huellas de los servicios de inteligencia quedaran en evidencia. El principal objetivo era destruir, triturar, pulverizar la influencia de MBS en la esfera sunita del mundo árabe y, al mismo tiempo, torpedear las relaciones privilegiadas del príncipe heredero con el presidente norteamericano Donald Trump y, en particular, con su influyente yerno, Jared Kushner.

Sin mencionarlo, Erdogan concentró toda la artillería en demostrar que el comando que cometió el asesinato estaba integrado por esbirros de MBS, que fue el verdadero cerebro de la eliminación de Khashoggi. Pero en ningún momento lo nombró.

En sentido contrario, tuvo una actitud particularmente deferente con el rey Salman de Arabia Saudita, sin duda para distanciarlo de la “escena del crimen”.

Un ataque contra el monarca significaría un virtual casus belli difícil de reparar con explicaciones.

Erdogan está convencido de que el debilitamiento de MBS y de Arabia Saudita puede abrirle una ventana de oportunidad para recuperar la influencia que tenía en el mundo árabe. Ese prestigio lo perdió en forma abrupta con la brutal represión que desencadenó después del fracasado putsch del 15 de julio de 2016. En estos dos años, el régimen desmanteló la justicia, la policía y el Supremo Tribunal Electoral, encarceló a los opositores, amordazó a la prensa, tomó el control de todos los medios del país y modificó la ley electoral.

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