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En jaula de oro. Trabajadores permanecen atrapados en un crucero de lujo

Por José Ángel Rueda / ESTO

Pese a todos los intentos por hacer el encierro más llevadero, la puerta de la oficina de Aurora no deja de sonar. Uno tras otro se escuchan los golpes sobre la madera. Cuando se abre, aparecen ojos expectantes, llenos de preguntas que no tienen respuestas.

Por más que Aurora quisiera decirles que todo terminará pronto, en realidad no lo sabe. Lo que sí sabe es que, en todo caso, ella será de las últimas en bajar del barco, porque su prioridad es que todos los trabajadores regresen con bien a sus países. La escena se repite con insistencia, pero el desenlace no cambia.

En sus tiempos de descanso, Aurora se sienta en la popa del crucero,
cerca de un puerto que por momentos se ve a través de la bruma. Hay otros días
en los que no hay nubes, y la silueta de los edificios de Fort Lauderdale, en
Florida, se percibe con claridad. Del otro lado, Aurora mira la línea del horizonte,
esa que separa el cielo del océano.

Es tan delgada que a veces se pierde. Le gusta imaginar que se trata de
un todo, como un lienzo interminable que involucra distintos tonos de azul, y
que conforme cae la tarde se vuelve un poco rojizo.

La imagen, como salida de una película de marineros que miran la tierra
anhelada después de días de tormenta, le evoca cierta nostalgia. Rememora a
ratos lo que ha pasado en las últimas semanas, toda esa locura, y cómo el vivir
en un barco se ha convertido más en una obligación, y no en una opción, como
todas las otras veces.

Aurora piensa, mientras escucha en sordina el ir y venir de las olas
embravecidas, que ya debería de estar en casa, que justo ahora debería de estar
en casa, después de recorrer paraísos en las transparentes aguas de las Islas
Caimán, de Cozumel, de Haití, de las Bahamas, quizá, en cambio no hay fecha de
regreso.

Con tres mil pasajeros y mil 392 tripulantes, el crucero zarpó de las
frescas y lujosas aguas de Fort Lauderdale. Era una mañana de cielo despejado,
de esos cielos que son comunes en Florida, de azul profundo, como el mar. Eran
los días de principios de marzo, y aunque todos pretendían vivir con cierta
normalidad, se sentía un ambiente raro.

Ya el coronavirus había extendido sus dominios, y amenazaba con detener
al mundo, aunque en esos momentos el mundo se resistía a detenerse por un
virus. Ahora, con el tiempo acumulado en la memoria, Aurora recuerda que las
cancelaciones de los turistas eran un aviso, una advertencia.

Que las noticias que surgían desde finales de enero, cuando el año
comenzaba con toda su fuerza, como suelen empezar los años, con todos sus
propósitos, debieron ser escuchadas, pero ya no hay tiempo para lamentarse.

Aurora trabaja en el departamento de Recursos Humanos del crucero Royal
Caribbean. Dicen que el mar es traicionero, sobre todo en los días de tormenta,
pero ella está acostumbrada a esos paisajes, hasta le gustan.

Ha sido un viaje extraño, diferente a todos los demás. Los primeros
días, cuando los turistas disfrutaban tibiamente del crucero y la calma sólo se
veía interrumpida por las noticias que leían en las redes sociales, cada vez
más llenas de alarma, su trabajo consistía en hacerles saber que todo estaba
bien, que desde las oficinas en Miami tenían todo controlado. Y así fue.

Pese a que las fronteras de los países comenzaron a cerrarse, una tras
otra, los pasajeros llegaron a tierra el 14 de marzo, como estaba previsto,
luego de visitar la Costa Maya. Los viajes siguientes quedaron cancelados, al
menos hasta mediados de junio. Es la fecha tentativa, aunque nadie sabe bien
cuándo podrán retomar sus actividades.

En el barco sólo se quedó la tripulación, como atrapados, sin poder
regresar a sus países. Su desembarco es como un gotero que se vacía lentamente,
y que cada que alguien se va a su tierra enciende la esperanza. Como si
regresaran después de años de vivir en el exilio. Hasta el momento, después de
dos meses, que por momentos parecen más, con esa ambigüedad del tiempo, de los
casi mil 400 trabajadores que empezaron el viaje, 970 siguen a bordo.

La situación es difícil, porque las regulaciones en Estados Unidos para
los tripulantes de los barcos se endurecen a medida que aumentan los contagios,
y la única manera de regresar a casa es mediante vuelos privados. El proceso es
lento y no hay hoteles disponibles para alojarlos. Entonces hay que inventar maneras.
En el barco conviven 55 nacionalidades. Las más afectadas son Italia,
Filipinas, España y China, que son los países que han cerrado sus fronteras por
el avance indiscriminado del virus. Hay muchos mexicanos, también. Y Aurora lo
agradece, porque en esas situaciones la patria, la que se lleva en la sangre,
suele ser una buena compañía. Como dos compatriotas que se encuentran en el
extranjero y se saludan como si se conocieran de toda la vida, aunque lo único
que los una sea la historia y las costumbres.

Aun así hay días en los que las dudas golpean con más fuerza que otros,
y aunque están acostumbrados a navegar por largas temporadas y a pasar casi la
mitad del año lejos de sus países, sus familiares les preguntan cuándo
volverán, pero tampoco hay muchas respuestas.

El crucero, sin embargo, ha quedado a su disposición. Son como
pasajeros-tripulantes. Todos trabajan para todos, con ese espíritu solidario
que emerge en los tiempos de crisis y que hace más llevadera la angustia.

Los días se van en ver películas, o en la sala de videojuegos. Incluso
hay días, cuando la adrenalina del encierro da tregua, que se ejercitan en el
gimnasio o en el piso 12, que está acondicionado para correr. Las albercas
permanecen cerradas, por seguridad y las fiestas en los amplios salones
quedaron canceladas para evitar las aglomeraciones. Muy a su modo, ellos
también viven su cuarentena.

El barco lleva sus protocolos, y aunque no hay contagios, la vida se ha
vuelto una especulación constante. Los médicos ensayan medidas de prevención y
alistan habitaciones por si es necesario mantener aislados a los posibles
enfermos. Cada 15 días se acercan al puerto para comprar alimentos. Hay víveres
suficientes y los cocineros preparan la comida con ánimo.

Cuando termina su turno, y Aurora busca la manera de distraerse, se
encierra en su cabina y hace un poco de yoga. Le sirve para relajarse, y en
todo caso para buscar respuestas, para ensayar nuevas palabras.

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