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Cambio geopolítico por divorcio Inglaterra-UE; Bretaña otra vez, una isla

Si alguien dudaba para qué sirve la Unión Europea (UE), ayer tuvo la respuesta: para evitar la guerra. Hace un siglo, la ruptura entre Gran Bretaña y Europa se hubiera saldado en un campo de batalla con miles de muertos. En 2016, 60 años después de la creación de la UE y tras 44 años de relaciones tormentosas entre el Reino Unido y el “continente” -como dicen los británicos-, ese divorcio se consumó con la entrega de una carta de seis páginas en Bruselas y un discurso de la primera ministra, Theresa May, ante la Cámara de los Comunes.

Así se consumó uno de los mayores acontecimientos geopolíticos desde la Segunda Guerra Mundial, comparable al plan Marshall o a la caída del Muro de Berlín. Luego de 44 años de vida en común con un continente al cual siempre miró con desconfianza, Gran Bretaña volvió a ser una isla.

En su mensaje, entregado en mano por un diplomático al presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, May repitió siete veces que desea una “profunda y especial cooperación” con la UE. “Ya los extrañamos”, replicó Donald Tusk, destinatario de la misiva. Pero en realidad fue un lamento mediático. En la práctica, la ruptura ya estaba consumada y los negociadores de ambos lados afilan desde hace tiempo sus argumentos.

“No hay ninguna razón para hacer como si fuera un día feliz. Ni en Bruselas, ni en Londres. Yo no me siento feliz (…) Ahora es necesario limitar los daños”, comentó Tusk, portavoz de los 27 socios restantes del bloque, en respuesta al documento de seis páginas que llevaba el sello del 10 de Downing Street, sede del Gobierno británico.

Hábil diplomático, Tusk no designó a los culpables de esos daños. ¿Para qué? Pero aseguró: cercenada del Reino Unido, la UE “está más unida y determinada que nunca”. El continente hace su duelo. Pero está preparado para enfrentar una separación que aborda “con una sola voz el objetivo esencial de preservar sus intereses”, agregó.

Casi simultáneamente, May declaró ante la Cámara de los Comunes y sin ningún triunfalismo que, “de acuerdo con la voluntad del pueblo británico, el Reino Unido deja la UE”. “Se trata de un momento histórico, sin posibilidad de volver atrás”, agregó. Y, como si necesitara convencerse, repitió: “El Reino Unido deja la Unión Europea”.

Sus declaraciones fueron escuchadas en el más profundo silencio, a veces interrumpido por algún murmullo de satisfacción o exclamaciones de indignación procedentes del sector que ocupan los diputados del Scottish National Party (SNP), profundamente proeuropeos.

En todo caso, como si la enormidad de la decisión, esperada o temida desde hace nueve meses, hubiera adquirido de pronto toda su dimensión, las capitales europeas adoptaron una actitud mesurada. Ni explosiones de alegría ni lágrimas. Solo la constatación del fracaso de una relación que no pudo funcionar.

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